La guerra entre Irán y Estados Unidos e Israel ya no se limita únicamente al terreno militar; se ha abierto un nuevo frente tecnológico que revela un conflicto de gran escala y consecuencias globales.

En Irán, el régimen mantiene desde fines de febrero un apagón digital casi total, que, según la organización NetBlocks, ha reducido la conectividad a apenas un 1% de los niveles habituales. Este bloqueo, que ya supera los 40 días consecutivos, es el más prolongado registrado en la historia a nivel mundial, superando incluso el caso de Sudán en 2019. La población iraní enfrenta ahora un acceso extremadamente limitado a internet, con redes sociales y servicios internacionales prácticamente inoperativos, mientras permanece activa únicamente una red interna bajo control estatal.
El impacto de este apagón trasciende lo tecnológico; afecta profundamente la esfera social y económica. El comercio electrónico se paraliza, las empresas digitales quedan inoperativas y la comunicación con el exterior se vuelve casi imposible. Además, el acceso a información independiente se ve restringido, reforzando el control interno en un contexto de conflicto. Aunque este tipo de medidas no es nuevo, su frecuencia crece en escenarios de crisis donde el control de la información se convierte en una herramienta estratégica.
Paralelamente, la guerra se extiende al ámbito de la infraestructura digital. La Guardia Revolucionaria iraní ha advertido sobre posibles ataques a instalaciones energéticas y tecnológicas vinculadas a intereses estadounidenses e israelíes. Ebrahim Zolfaghari, vocero del organismo, habló de una posible “aniquilación total” de estos objetivos, mencionando específicamente un megaproyecto de inteligencia artificial en Abu Dhabi. Este centro de datos, valorado en aproximadamente 30.000 millones de dólares y comparable con otro estratégico en Texas, Estados Unidos, posee una enorme capacidad de procesamiento para IA.
El conflicto ya ha generado daños concretos en algunos centros de datos de la región del Golfo, afectando operaciones digitales. Entre las instalaciones afectadas se encuentran algunas vinculadas a Amazon Web Services, lo que produjo interrupciones en diversos servicios digitales.
Las tensiones también alcanzan a las grandes empresas tecnológicas. En las últimas semanas, desde Irán se han señalado a compañías como Microsoft, Google, Apple, Nvidia y OpenAI como actores asociados a intereses occidentales. Este señalamiento evidencia un cambio significativo: estas empresas ya no son consideradas solo proveedores de servicios, sino actores estratégicos en un tablero geopolítico.
La carrera por el desarrollo de la inteligencia artificial suma complejidad al escenario. Los centros de datos, esenciales para procesar y almacenar enormes volúmenes de información, dependen de un suministro energético constante, sistemas avanzados de refrigeración y conectividad global. Cualquier interrupción, ya sea por ataques o restricciones, puede generar un impacto que trascienda las fronteras regionales, afectando la estabilidad y el funcionamiento de servicios digitales a escala mundial.
Además, el riesgo de ciberataques se encuentra en aumento. Fuentes vinculadas al conflicto advierten sobre la posibilidad de intentos de hackeo, sabotajes y robo de información sensible, especialmente en plataformas basadas en inteligencia artificial, por el valor estratégico de sus datos.
Finalmente, este conflicto tecnológico tiene implicaciones económicas. El incremento en los costos para proteger y mantener la infraestructura puede traducirse en aumentos en precios de servicios, encarecimiento de suscripciones o limitaciones en el acceso a herramientas avanzadas, afectando a usuarios y empresas en todo el mundo.
